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miércoles, 13 de abril de 2011

En el colegio

Y dijo: ¡Joder, cuánto tiempo, tío!

Hola, ¿qué tal estás?

Bien, bien. ¿Y tú? Hacía mucho que no te veía.

Ya, es que he estado muy liado.

¿Y eso?

Pues nada, ya ves, estudiando... como siempre.

Vaya, pues qué divertido.

Jajaja. No, la verdad es que muy divertido no es, no. Pero está siendo curioso.

¿Curioso? ¿Te gusta lo que estudias?

No, no me gusta demasiado. Pero como estoy preparando cosas que hacía años que no veía, pues me ha llevado a recordar viejos tiempos. ¿Te acuerdas de tus años de estudiante? Me refiero a cuando teníamos unos 10 años más o menos.

Sí, algo recuerdo.

¡Cómo han cambiado las cosas! Recuerdo que iba al colegio y antes de entrar, nos hacían formar.

¿Formar?

Sí, como si estuviéramos en la mili. El profesor que tenía por aquél entonces, el Padre López, nos organizaba en filas, guardando la distancia entre los compañeros, medida poniendo la mano en el hombro del compañero que nos precedía, siempre con el brazo estirado.

Joder, qué raro

Raro y además en mi caso, era un espectáculo, porque ya sabes que alto, lo que se dice alto, pues no soy precisamente. Así que, habitualmente yo tenía que estar de puntillas y el que se colocaba detrás mío, debía agacharse bastante para poder tocarme el hombro con el brazo estirado, porque si no, no guardaba ninguna distancia.
Luego íbamos subiendo a clase, siempre en fila y no nos sentábamos hasta que nos daban permiso. De hecho, fue así durante todos mis años en el colegio. Si entraba algún profesor, debíamos levantarnos.
Depende de la época y del profesor, nos hacían recitar alguna oración, a veces el Padre Nuestro, a veces el Ave María, y una vez concedido el permiso, nos podíamos sentar.

Es lo que tienen los colegios de curas.

Sí, supongo que es así.
Había un respeto y una disciplina en clase, que se prolongaba en todas las actividades del colegio. Bueno, la verdad es que en muchos casos no sé si llamarlo respeto o miedo, que no es lo mismo. Yo creo que era más bien miedo. A algunos profesores sí les respetábamos, pero en general era miedo lo que sentíamos.

Pero sin disciplina no se puede impartir la materia.

Ya, pero el miedo tampoco es bueno para el aprendizaje. Te lo puedo asegurar. Una cosa es disciplina, por supuesto necesaria, y otra cosa es el miedo. Y en mi colegio había miedo. Era una displina excesivamente estricta y, por qué no decirlo, en algunos momentos, incluso ligeramente violenta.


Joder.

El caso es que todo esto cambió de golpe cuando entraron las chicas al colegio. Los mismos profesores que años antes se habían mostrado duros e insensibles, no sabían cómo reaccionar cuando por primera vez tuvieron que impartir clase a chicas.
Pero esto lo dejamos para otro día, que hoy tengo un poco de prisa.


Vale, tío. Nos vemos. 

Hasta luego.

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